LUCIA & NICOLAS
No recuerdo bien cómo llegaron a mí Lucía y Nicolás. No sé si fue por recomendación o sencillamente porque me encontraron en Instagram. Y, la verdad, poco importa cómo sucedió, porque agradezco profundamente que nuestros caminos se hayan cruzado.
Fueron una pareja tan linda, con la que disfruté muchísimo trabajar.
Ellos vivían fuera de Colombia, así que nuestra historia comenzó de una manera un poco distinta. Nos conocimos apenas unos meses antes del matrimonio, durante las pruebas de comida y de mesa. Y aunque tuvimos poco tiempo para compartir, fue suficiente para conocerlos y disfrutar esas pequeñas cosas que los hacen tan especiales: el sentido del humor fino de los dos, las conversaciones, y esos silencios de Lucía que también decían muchísimo. Ella es una persona absolutamente ocurrente, de esas que te sorprenden con una frase o una mirada cuando menos lo esperas.
El lugar elegido para su celebración fue Hacienda Pozo Chico.
La mañana comenzó con un sol espectacular. Pero, a medida que se acercaba la hora de la ceremonia, el cielo empezó a cambiar. Algunas partes se fueron poniendo grises y la lluvia comenzó a amenazar.
Nosotros empezamos a mover a los invitados para dar inicio a tiempo. No fue fácil: todos estaban felices, conversando, disfrutando y, como suele pasar en estos momentos, nadie quería dejar la conversación para sentarse. Pero finalmente lo logramos.
Nicolás entró acompañado de su mamá y, después, llegó el momento de Lucía, acompañada por sus dos papás.
Se veía hermosa. Su vestido tenía unos detalles de encaje muy delicados que la hacían ver especialmente preciosa y etérea.
Al fondo, los árboles y una instalación floral en la gama de colores elegida enmarcaban la ceremonia.
Sus hermanas fueron las oficiantes, iniciaron con unas palabras dedicadas para cada uno de sus hermanos, fueron palabras de esas que salen desde el corazón y que consiguen que todos los que están alrededor se sientan parte de una historia; es decir desde el momento cero las lágrimas de todos se hicieron presentes
Después hicieron una invitación muy especial: entregamos unas postales para que cada uno de los invitados pudiera escribir un mensaje para los novios.
Y sucedió algo maravilloso. Al final, todos los invitados participaron. La ceremonia se convirtió también en un espacio en el que cada persona dejó un pequeño pedazo de su cariño para Lucía y Nicolás. Mensajes que ellos podrían guardar para volver a leer muchos años después.
Y justo cuando parecía que todo estaba sucediendo perfectamente…
El cielo se abrió. No sé cómo explicarlo de otra manera. Sentí que alguien había abierto una llave, la lluvia cayó con toda la fuerza.
Y justo cuando parecía que todo estaba sucediendo perfectamente…
El cielo se abrió. No sé cómo explicarlo de otra manera. Sentí que alguien había abierto una llave, la lluvia cayó con toda la fuerza.
Las hermanas dijeron: “Bueno, escampemos, por favor”, y todos salieron corriendo en busca de un lugar donde refugiarse. Yo solo podía mirar al cielo y pedirle a Dios que, por favor, parara.
Y entonces, cinco minutos después, salió el sol.
De verdad fue como si hubieran abierto una llave y la hubieran cerrado inmediatamente.
Secamos las sillas y todos volvieron a tomar su lugar. Y entonces sucedió una de esas escenas que uno guarda para siempre.
Los rayos del sol aparecieron justo sobre Lucía y Nicolás. La luz los encontró en el momento perfecto y nos regaló una fotografía preciosa. Pero más allá de la fotografía, había algo mucho más especial: allí, finalmente, pudieron leerse sus votos.
Y fueron de esos votos sentidos, honestos, profundamente emocionantes.
En ese momento solo se respiraba amor.
Los anillos también tenían una historia. Los colocamos en medio de un libro al que le insertamos flores; no lo hicimos solamente porque nos pareciera bonito. Los libros tenían un significado muy especial para ellos: los libros habían unido sus vidas.
Por eso quisimos que también estuvieran presentes en ese momento tan importante. Un objeto que hablaba de ellos y que, de alguna manera, guardaba sus anillos mientras ellos comenzaban un nuevo capítulo de su historia.
Terminada la ceremonia, los invitados pasaron a otro espacio para el cóctel.
Allí los esperaba un grupo musical y un bar con cócteles de viche en diferentes sabores. Pero, nuevamente, Lucía y Nicolás habían pensado en algo más. Habían impreso una fotografía de cada uno de sus invitados y, en la parte de atrás, habían escrito un mensaje para cada persona.
Y además de ser un gesto absolutamente personal, encontramos la manera de convertirlo en parte de la experiencia: esas fotografías también eran la forma en la que cada invitado descubría cuál era la mesa que le correspondía.
Una vez más, algo que podía ser simplemente funcional se convirtió en un recuerdo.
Entramos al salón y parecía otro lugar. Lo habíamos transformado por completo.
Las telas en el techo y las diferentes separaciones creadas también con telas generaban pequeños espacios dentro del salón, aportando movimiento y profundidad.
Sobre las mesas aparecieron unas flores espectaculares, llenas de color y movimiento, en la gama que habían elegido: vinotinto, nude y salmón. Las acompañamos con velas y velones, logrando algo que me encanta: un espacio lleno de color que, sin embargo, seguía sintiéndose elegante.
La mesa principal tenía un tratamiento diferente. Para marcarla y darle protagonismo, trabajamos únicamente con tonos vinotinto, y el resultado fue absolutamente espectacular.
El bar también se convirtió en uno de los protagonistas. Con la ayuda de mucho verde logramos simular unos árboles de los que caían luces, creando un espacio cálido y envolvente que invitaba a quedarse.
Y, sin duda, el elemento que terminó de cerrar fue la producción con sus pantallas. Magníficas, imponentes y perfectamente integradas al espacio, terminaron de darle al salón esa dimensión escenográfica que queríamos.
Fue una noche estupenda. De esas noches en las que la gente simplemente se deja llevar.
Todos bailaron hasta la última canción. Y Lucía y Nicolás, especialmente, se entregaron por completo a la celebración. Bailaron, disfrutaron, se rieron y no pararon.
Y quizás eso es lo que más recuerdo: verlos simplemente siendo ellos, disfrutando el resultado de todo lo que habíamos construido juntos.
Días después tuve la oportunidad de encontrarme con Nicolás, Lucía estaba ocupada y no se encontraba en Colombia, así que celebramos con un almuerzo en casa de su mamá.
Y fue allí donde recordé algo que no puedo dejar por fuera de esta historia: sus familias. Los papás de Lucía y Nicolás fueron absolutamente especiales con nosotros. Fueron generosos en cada momento, no solamente con su confianza, sino también con sus palabras, sus reconocimientos y sus agradecimientos.
Y eso también se queda.
Porque cuando uno trabaja en una boda, no solamente conoce a dos personas. Muchas veces termina conociendo a sus familias, sus historias, sus formas de querer y esa red de personas que hizo posible que ese día existiera.
Qué novios tan lindos.
Qué familias tan especiales.
Y qué regalo fue acompañarlos en un día en el que, incluso el cielo, pareció querer hacer parte de la historia.
Primero nos regaló la lluvia, después, la luz y justo en medio de ambas, Lucía y Nicolás dijeron que sí.