GABRIELA & OSCAR
Cuando Gaby y Oscar llegaron a Manual de Antonieta tenían algo muy claro: no querían gastar una fortuna, pero tampoco estaban dispuestos a renunciar a tener una boda muy cool. Querían una gran fiesta, de esas que se recuerdan, pero sin caer en la fórmula tradicional.
Ya habían tocado otras puertas. En algunas les habían dicho que lo que soñaban era difícil de lograr. Yo, en cambio, decidí hablarles con absoluta honestidad: sí podíamos hacerlo, pero tendríamos que buscar posibilidades. No sería el típico matrimonio. Tendríamos que pensar diferente, encontrar soluciones y hacer que cada decisión tuviera sentido.
Dos semanas después regresaron, y yo estaba feliz.
Regresaron por dos razones: La primera, porque sentían que yo les estaba hablando con la verdad y que, de alguna manera, íbamos a lograrlo juntos con Manual de Antonieta, la segunda fue una frase que todavía recuerdo y que me hizo reír, pero también emocionarme.
Yo había hecho anteriormente el matrimonio de una persona muy exigente que había trabajado con Gabriela. Y ella le dijo: “Si pudiste con ella, puedes con cualquiera”.
Me reí, pero, en el fondo, me emocioné. Porque, de alguna manera, estaban reconociendo nuestro trabajo, nuestra capacidad de asumir retos y, sobre todo, esa manera nuestra de no salir corriendo cuando algo parece complicado.
Había además un detalle que hacía esta historia todavía más especial: Oscar venía de mi anterior gremio, el publicitario, de hecho trabajaba en una de las agencias que más quiero.
Y cuando empezamos a trabajar, aquello parecía más una agencia de publicidad que una planeación de matrimonio.
Nos dividimos por departamentos. Jajajaja. Osqui estaba en diseño y edición, Gaby, en el departamento de arte, y yo, por supuesto en el departamento ejecutivo.
Fui muy feliz trabajando con ellos.
El lugar elegido fue Odeón, en el centro de Bogotá: un espacio con una personalidad enorme, que había sido uno de los primeros cines de la ciudad y que después se convirtió en teatro.
No era un lugar sencillo. Era imponente, tenía carácter y, precisamente por eso, requería muchísimo cuidado. No era el típico espacio donde uno monta una boda. Aquí había que respetar la arquitectura, entenderla y, al mismo tiempo, transformarla.
Y eso fue exactamente lo que hicimos.
La ceremonia tampoco sería una ceremonia convencional. Aquí los invitados no iban a sentarse a esperar que llegaran los novios.
Queríamos sorprenderlos.
El concreto de Odeón comenzó a llenarse de verde, como si la naturaleza se hubiera apoderado del espacio. Las sillas negras de metal complementaban la escena y pequeños toques de vinotinto daban profundidad y magia. Incluso la mesa para quien dirigiría la ceremonia fue construida con ladrillos, cuidando que cada detalle conversara con el concepto.
Y entonces aparecieron las telas.
Un gran telón de terciopelo vinotinto permanecía cerrado frente a todos. Nadie sabía exactamente qué había detrás.
Comenzó a sonar la canción de Oscar, él ingresó al primer espacio para esperar a Gabriela.
Y entonces ella apareció por las escaleras, acompañada de su mamá y su papá.
Gabriela llevaba un vestido espectacular y un tocado en la cabeza que la hacía todavía más única, tan única como ella. No era solo la novia entrando a su ceremonia; era Gabriela haciendo su propia entrada, con ese estilo que la representaba por completo.
Oscar y Gabriela se encontraron y caminaron juntos hacia el lugar de la ceremonia y en ese momento abrimos los telones.
Todavía recuerdo la cara de Gabriela, las lágrimas en sus ojos, esa mezcla de sorpresa, emoción y felicidad que no se puede fabricar.
Fue uno de esos momentos que hacen que todo el trabajo previo tenga sentido.
Pero creo que lo más hermoso fueron las palabras que se dijeron uno al otro. Hubo risas, emoción y esa intimidad que aparece cuando dos personas dejan por un momento de estar frente a todos y simplemente se hablan desde el corazón.
Al terminar la ceremonia, se encendieron las chispitas y se creó un camino para que Gaby y Oscar salieran a tomarse fotos.
Mientras tanto, los invitados pasaron a una barra donde los esperaba un delicioso tinto de verano y comenzó a llegar la comida mexicana.
Pero aquí tampoco queríamos seguir el libreto tradicional.
Minutos después, Gaby y Oscar regresaron con botellas para quienes serían los capitanes, no de mesa, porque realmente había apenas tres mesas. El resto del espacio estaba compuesto por salas y mesas cocteleras.
Dieron unas palabras de agradecimiento a todos por acompañarlos y por estar disfrutando junto a ellos ese día.
Y entonces hicieron la invitación más importante de la noche: la gran fiesta comenzaba. Se dirigieron directamente a la pista para hacer su primer baile y, apenas terminó, empezó la rumba.
No hubo ese tradicional momento de cóctel, no hubo una pausa eterna para la cena; aquí todo fue fiesta.
La comida aparecía en medio de la rumba para que nadie tuviera que alejarse de la pista. Tacos, burritos, pizzas con sabores espectaculares y, para cerrar, una deliciosa sopa mexicana.
Y como si eso fuera poco, para el postre llevamos un carrito de helados. Les encantó.
Y cuando parecía que la fiesta ya estaba en su punto máximo, las luces se apagaron, un foco iluminó el otro extremo de la rumba. Y allí estaba Gabriela con sus amigas, habían preparado un baile.
Todas llevaban pelucas moradas y faldas cortas. Sí, señor: Las de La Intuición, Shakira tuvo su momento de protagonismo y, cuando terminó la canción, todas corrieron nuevamente hacia la fiesta.
Y entonces ocurrió otra sorpresa. Desde el techo comenzaron a caer bombas de neón, las habíamos instalado y probado previamente, escondidas detrás de una tela negra que nadie había notado. Fue increíble, de esos momentos en los que uno mira lo que está pasando y piensa: sí, esto era exactamente lo que queríamos.
Pero detrás de una boda así también existe otra historia, la que casi nunca aparece en las fotografías.
Montar este matrimonio fue todo un reto porque lo hicimos en un solo día.
Había muchísimas personas trabajando para que todo sucediera: producción, montaje, catering, las personas encargadas de las telas y, por supuesto, mi equipo. A ellos les tocó convertirse, literalmente, en jardineros para conseguir las materas que habíamos soñado.
Y como si eso fuera poco, al sector donde está Odeón se le fue el agua por un problema del acueducto. No había tanques, así que recogimos agua en todos los baldes que teníamos destinados a las flores.
Gaby y Oscar se enteraron de este episodio solamente unos días después del matrimonio.
Porque esa también es una parte de nuestro trabajo: cargar en silencio los problemas, resolverlos, seguir adelante, y hacer que para los novios parezca que todo siempre estuvo bajo control.
Porque mientras ellos viven uno de los días más importantes de su vida, nosotros estamos detrás haciendo todo lo posible para que puedan disfrutarlo sin imaginar siquiera lo que acababa de suceder.
Y recuerdo también otro momento.
Después de todo el montaje, tenía el pelo tieso por el polvo que nos había acompañado durante el día. Y así, tal cual estaba, subí a recibir a Gabriela, ella me dijo unas palabras tan hermosas que terminé reventada en llanto, como una niña; yo estaba completamente conmovida, la maquilladora simplemente nos miraba.
Hay momentos en este trabajo que no se pueden explicar con una fotografía, ni con una decoración, ni con una fiesta espectacular. Son momentos que se quedan adentro, y este fue uno de ellos.
Gaby y Oscar, gracias.
Gracias por confiar cuando otros les dijeron que era difícil.
Gracias por permitirnos pensar diferente.
Gracias por convertir el matrimonio en una especie de agencia creativa en la que cada uno tenía su departamento.
Gracias por dejarnos hacer parte de una historia tan divertida, tan exigente, tan inesperada y tan bonita.
Pero, sobre todo, gracias por ser parte de Manual de Antonieta y de mi corazón.